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Autores, Otros

La vanidad de los Duluoz

Por b.blanco, en 30 de Noviembre de 2007

Jack Kerouac es uno de los mejores escritores del siglo XX junto con otro buen puñado de genios más. Su lectura no tiene edad, no se apoya en la de otros para ser imprescindible. Lo que nos cuenta es extremadamente sincero, está tan vivo que parece que lo haya escrito ayer, es tan poderoso que a nadie deja indiferente (tal vez por eso tenga a algunos enemigos). Esta vez vuelve a hablarnos de él mismo, de cómo fue su juventud en la ciudad de Lowell (Massachusetts) como jugador de fútbol americano, de cómo se enroló en la marina mercante y atravesó océanos con sólo veinte años durante la 2ª Guerra Mundial, de cómo empezó a vivir en Nueva York. Era por aquel entonces un escritor en ciernes, audaz, un poco provinciano y, sobre todo, vanidoso. Empiezan los alocados años de la generación beat. Todos sus protagonistas aparecen con los nombres cambiados, pero no cuesta demasiado adivinar quién es quién. A sí mismo se denomina Duluoz, aunque en ocasiones se traiciona para explicarnos que Kerouac en celta significa “el idioma de la casa” y después dice: Éste es “el idioma de la casa” que te habla en puros tonos marinos.

Le habla todo el rato a su mujer, más que como si le estuviera escribiendo una carta, como si estuviera grabando su voz en un magnetófono de la época para luego enviarle la cinta. Es un discurso de despedida, aunque ella ya no esté ahí y él no sepa dónde está. Pero aun y así sigue siendo una despedida y Kerouac le dice adiós a todos en 1967 mientras recuerda cómo ha llegado hasta allí (sea donde sea, hasta 1967) y por qué es como es, a lo mejor el por qué de que ella ya no esté junto a él. Por lo tanto, es además de una despedida una disculpa y toda su vida una inmensa justificación de su carácter, hasta remontarse a los orígenes de su propia raza particular de hombres duros, fuertes, sonrientes, de hombres de ojos azules que llevan consigo su propia lengua. (Kerouac).

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Literatura

Pregúntale al polvo

Por b.blanco, en 19 de Noviembre de 2007

¿Qué es lo que puede decir el polvo que se acumula en la ciudad de Los Ángeles? Según John Fante, quien en 1939 publicó esta novela, que existió una vez un joven que quería ser un escritor tan bueno y experimentado como los mejores, tan entregado a su presunta genialidad que con veinte años abandona su pueblo natal en Colorado para sumergirse en la gran actividad de la ciudad que sobrevive al desierto. Ese tipo ingenuo y soñador se llama Arturo Bandini y la gran actividad en la decadente ciudad de Los Ángeles se limita a dar vueltas por su habitación, a pasear las calles de arriba abajo, a sobrevivir de mala manera y a dilapidar el poco capital que obtiene de sus esporádicas contribuciones a una pequeña revista de Nueva York.

Pero el mundo y todos sus misterios y todas sus promesas pululan en la dulce noche de su juventud. Si algo se recrimina Arturo Bandini es no tener suficientes pelotas cuando se trata de coger a la aventura por las solapas y mirarla fijamente a los ojos. Dice que ningún buen escritor puede escribir una buena palabra sin haberla vivido antes y Arturo Bandini quiere escribir sobre el amor. Así que decide enamorarse.

Fante fue sin duda alguna vez ese mismo Arturo Bandini que tanto gustó a Bukowski. Un personaje que sufre a causa del hambre, a causa de no tener una mujer con la que acostarse y, cuando la tiene, a causa de no ser el hombre que le gustaría ser (tal vez un Philip Marlowe de la literatura). Pero en sus cobardes respuestas a las oportunidades que le ofrece el destino (quien a fin de cuentas no lo trata tan mal), el resto de los mortales encuentran un escenario propicio para medirse con un héroe de su tamaño. Lo cual es siempre de agradecer. Ni demasiado grande ni demasiado pequeño.

Da gusto leer a Fante además porque su prosa es ligera, directa, atrevida, tanto que las frases te corretean por la boca hasta hacerte sonreír. Y acabas jugando a su mismo juego, observando detenidamente las cosas más comunes, gozando del encanto sutil e inteligente del día a día de quien está todavía lleno de esperanza por hacer algo grande, por vivir al límite de sus posibilidades, en definitiva, por no defraudarse a sí mismo.

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Literatura

Otras voces, otros ámbitos

Por b.blanco, en 2 de Noviembre de 2007

Éste es el enigmático título de la primera novela de un jovencísimo Truman Capote, autor y controvertido personaje público que en 1948 dejó asombrado a los lectores norteamericanos con este relato que ofrece una imagen misteriosa y sugerente de la infancia. Tenía por aquel entonces 23 años y una foto suya hecha por Cartier-Bresson en la portada del libro mostraba a un chaval de unos dieciocho sentado en un banco con una camiseta blanca sin planchar. Todos debieron pensar: ¡Imposible!, y por lo visto se lanzaron a comprarlo proporcionándole un temprano éxito que con el paso de los años se fue consolidando. Sin embargo, Capote, en la introducción a su Música para camaleones justifica su precoz maestría con el lenguaje alegando que se debe a muchos años de esfuerzo continuado y concentración. Ni más ni menos que catorce.

Truman Capote La historia relata el encuentro de un niño de trece años con su padre desaparecido. Después de morir su madre, Joel Knox, el protagonista, se va a vivir con su tía sintiéndose junto a ella como un extraño, hasta que un buen día, ésta recibe una carta reclamando muy educadamente la custodia del pequeño. El aventurero Joel Knox coge su maleta vieja y emprende el camino en solitario a un recóndito paraje de Alabama llamado el desembarcadero de Skully, esperando que la sorprendente aparición de su padre sea la inequívoca señal de que su vida va a cambiar. Y así es.

Los personajes de esta novela son como raros y preciosos objetos guardados en un desván, cubiertos por una espesa capa de polvo que al soplar inunda el aire con relucientes puntos de oro. Todos, incluso los niños, parecen esconder un antiguo secreto que se insinúa en el paisaje: un caserón medio derruido y habitado por fantasmas, un hotel en ruinas en el que se hospeda un viejo chamán al que pocos han visto, bosques llenos de serpientes amenazantes y luciérnagas que brillan en la noche mientras Joel intenta averiguar quién ese hombre desconocido al que todos parecen querer ocultar.
En fin, un libro para leer una y otra vez, aunque las malas lenguas aseguren (y no digo que mientan) que no es más que una copia de la narrativa gótica sureña de la época.

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Literatura

La historia de una revolución

Por b.blanco, en 31 de Octubre de 2007

Los chicos salvajes: El libro de los muertos de William Burroughs es el libro-película de cómo cayó la civilización. Rodada fundamentalmente en tres localizaciones: Londres (donde el relato fue escrito en 1969), Marrakech (donde Burroughs vivió durante muchos años atraído por la accesibilidad a las drogas) y Sant Louis, Missouri (donde el autor nació en 1914). Narra los esfuerzos inútiles de un grupo de militares por erradicar a un enemigo ancestral. El enemigo: los chicos salvajes, que pueden estar en cualquier lugar y sólo ellos saben quiénes son, dónde se ocultan, cuáles son sus poderosas armas. Su base se encuentra en Marruecos, a las afueras, donde todo es desierto. Pero la gente decente se ha dado cuenta de que su perniciosa influencia empieza a extenderse por todo el planeta.

BurroughsBurroughs elige a un protagonista, un tal Johnny, el héroe. Johnny recuerda su larga historia desde que era niño en Sant Louis, Missouri, y le gustaba colarse en los campos de golf haciéndose pasar por un caddy. Johnny está ya infectado por la semilla erótica de los chicos salvajes, igual que una infinidad de chicos por toda la nación. Todos están contagiados, hasta los astronautas. John elige a Audrey en el colegio y lo inicia y Audrey nos narra su viaje a través de los sueños de la pantalla de un peep-show al corazón pictográfico del Libro de los muertos, una biblia de cantos dorados.

La revolución fantástica de Burroughs tiene como epicentro una intrincada y repetitiva (como un mantra) mitología de la homosexualidad masculina. Es el remedio contra todos los males de la civilización: la familia, la religión, la nación, la posesión. Los chicos salvajes follan con cualquiera, han hecho del follar su familia, su religión, su nación sin fronteras, su generosa y viva posesión.

La pornografía es una revolución violenta contra los principios más sagrados de un sistema corrupto, desigual, inmoral y degenerado. Es su hermano gemelo.
Burroughs defiende la libertad infinita de los chicos salvajes en contrapunto a la infinita esclavitud del mundo civilizado, irónico y decadente. Parte genética y a la vez foránea de la rebelde trinidad Beat (junto con Ginsberg y Kerouac), Burroughs hace de la prosa pura poesía. La película se rompe para destruir la sintaxis, la estructura lineal, la apariencia de sentido. Su intención: romper con ella la realidad.

Solemos comprender la literatura como el reflejo más o menos fiel, más o menos conforme de las cosas que suceden. Los chicos salvajes: El libro de los muertos intenta comprenderla al revés. La palabra tiene más peso. Las cosas, en el fondo, nunca suceden. Sólo sucede la narración. El resto se pierde en el tiempo.

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