Jack Kerouac es uno de los mejores escritores del siglo XX junto con otro buen puñado de genios más. Su lectura no tiene edad, no se apoya en la de otros para ser imprescindible. Lo que nos cuenta es extremadamente sincero, está tan vivo que parece que lo haya escrito ayer, es tan poderoso que a nadie deja indiferente (tal vez por eso tenga a algunos enemigos). Esta vez
vuelve a hablarnos de él mismo, de cómo fue su juventud en la ciudad de Lowell (Massachusetts) como jugador de fútbol americano, de cómo se enroló en la marina mercante y atravesó océanos con sólo veinte años durante la 2ª Guerra Mundial, de cómo empezó a vivir en Nueva York. Era por aquel entonces un escritor en ciernes, audaz, un poco provinciano y, sobre todo, vanidoso. Empiezan los alocados años de la generación beat. Todos sus protagonistas aparecen con los nombres cambiados, pero no cuesta demasiado adivinar quién es quién. A sí mismo se denomina Duluoz, aunque en ocasiones se traiciona para explicarnos que Kerouac en celta significa “el idioma de la casa” y después dice: Éste es “el idioma de la casa” que te habla en puros tonos marinos.
Le habla todo el rato a su mujer, más que como si le estuviera escribiendo una carta, como si estuviera grabando su voz en un magnetófono de la época para luego enviarle la cinta. Es un discurso de despedida, aunque ella ya no esté ahí y él no sepa dónde está. Pero aun y así sigue siendo una despedida y Kerouac le dice adiós a todos en 1967 mientras recuerda cómo ha llegado hasta allí (sea donde sea, hasta 1967) y por qué es como es, a lo mejor el por qué de que ella ya no esté junto a él. Por lo tanto, es además de una despedida una disculpa y toda su vida una inmensa justificación de su carácter, hasta remontarse a los orígenes de su propia raza particular de hombres duros, fuertes, sonrientes, de hombres de ojos azules que llevan consigo su propia lengua. (Kerouac).


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dor se llama Arturo Bandini y la gran actividad en la decadente ciudad de Los Ángeles se limita a dar vueltas por su habitación, a pasear las calles de arriba abajo, a sobrevivir de mala manera y a dilapidar el poco capital que obtiene de sus esporádicas contribuciones a una pequeña revista de Nueva York.
La historia relata el encuentro de un niño de trece años con su padre desaparecido. Después de morir su madre, Joel Knox, el protagonista, se va a vivir con su tía sintiéndose junto a ella como un extraño, hasta que un buen día, ésta recibe una carta reclamando muy educadamente la custodia del pequeño. El aventurero Joel Knox coge su maleta vieja y emprende el camino en solitario a un recóndito paraje de Alabama llamado el desembarcadero de Skully, esperando que la sorprendente aparición de su padre sea la inequívoca señal de que su vida va a cambiar. Y así es.
Burroughs elige a un protagonista, un tal Johnny, el héroe. Johnny recuerda su larga historia desde que era niño en Sant Louis, Missouri, y le gustaba colarse en los campos de golf haciéndose pasar por un caddy. Johnny está ya infectado por la semilla erótica de los chicos salvajes, igual que una infinidad de chicos por toda la nación. Todos están contagiados, hasta los astronautas. John elige a Audrey en el colegio y lo inicia y Audrey nos narra su viaje a través de los sueños de la pantalla de un peep-show al corazón pictográfico del Libro de los muertos, una biblia de cantos dorados.


