Hay una tendencia en la poesía de las dos últimas décadas del siglo XX que subraya la importancia del humor y la ironía en el ejercicio estético. La tendencia podría incluso aplicarse al resto de las esferas artísticas, del teatro a las instalaciones contemporáneas. Los puristas podrán decirme que ésto no es nuevo, a lo que yo les reponderé que nunca he dicho que “éso” era nuevo. En la edad media, los fabliaux franceses eran breves poemas populares de contenido erótico y/o humorístico. Muchos de ellos originaron o transmitierons sus temáticas hacia esas otras grandes compilaciones medievales: Los cuentos de Canterbury y el Decameron. Durante la época del surrealismo, el humor ocupó un lugar importante en las producciones estéticas; recordemos las imposturas de Dalí o el cortometraje de Buñuel “El perro andaluz”- en el que, dicho sea de paso, actuó Dalí. En América Latina, la poetisa argentina Alejandra Pizarnik escribió a fines de los ‘60 una obra de teatro de tintes surrealistas, “Los poseídos entre lilas”, en la que la profundidad de sus poemas se mezclaba con un tipo de grotesco emparentado con ciertas producciones del surrealismo europeo.
La particularidad de la poesía la vuelven un género en el que el humor transparente y sencillo se vuelve difícil por el riesgo a perder su alto nivel de codificación estética y su estatuto de arte con aspiración a lo absoluto. Para cualquier poeta el humor llano es un factor que debe manejar con cuidado por el riesgo a ser tildado de chabacano o de “poca monta”. Esto no significa que el humor esté ausente de la poesía sino que, en muchas ocasiones, se encuentra dislocado, sútilmente diseminado, entre los versos del poema.

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El uso de la expresión “poetas malditos”, ante la influencia de la obra de Verlaine, se extendió a todos los dominios nacionales y pasó a designar así a todo aquel
Este cuento se inscribe bien dentro de lo que habitualmente suele denominarse realismo mágico. La reproducción de la realidad, los diálogos, los gestos, hasta las miradas, están tan bien llevada al papel y contrastan tanto con los aspectos fantásticos del relato, que es eso justamente lo que lo hace tan creíble y disfrutable al cuento.

Es una trascripción infiel y verás hecha por Orlando Barone (periodista y creo que escritor), encargado de “moderar” la conversación y proponer algunos temas. A Barone también le debemos una serie de comentarios al principio, en la mitad y el final de cada encuentro, con un notorio exceso de sentimentalismo (“egocéntrico barroquísmo” es el término que usa 

