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Maria, en 26 de Agosto de 2007
El clima de “tolerancia” comenzó a cambiar a raíz de las crisis económicas, espirituales, políticas y, en definitiva, sociales que tuvieron lugar a partir del s. XIII. Fue entonces cuando la Iglesia condenó la brujería como delito de adoración al Diablo quien, de repente, se convirtió en director de aquelarres y conductor de sabats. Comienza la caza de brujas, la caza de la angustia. A partir del s. XIII la línea que separaba la brujería de la herejía se desdibujó por completo cuando las altas jerarquías eclesiásticas convirtieron al Demonio en jefe de las brujas. ¿Cómo se llegó a esta situación?
El proceso es largo y complicado pero podemos decir que a fines de la Edad Media, en un clima de crisis brutal, el Diablo cobró una fuerza inusitada en la vida de gentes acuciadas por todo tipo de problemas económicos, sociales, sanitarios, religiosos… De entidad abstracta y distante el Demonio pasó a realidad acechante. La tierra se convirtió en un campo de batalla entre las fuerzas del Bien (dirigidas por la Iglesia) y las del Mal (nutridas por un ejército de brujas y brujos adoradores del Maligno) y fue entonces, y no antes, cuando se creó la idea de que las brujas se organizaban en una especie de Iglesia paralela con Lucifer como Soberano, que trataba de acabar con el Papa y el poder de Cristo.
La realidad campesina de lucha contra las adversidades a través de prácticas mágicas y rituales a medio camino entre el paganismo y el cristianismo, muchas veces presididos por curas locales, fue malinterpretada y convertida en un ” nido de víboras ” jerarquizadas y dispuestas a batallar contra el Bien para desterrarlo del mundo.
Las mujeres viejas y pobres fueron las principales víctimas de la histeria que se apoderó de la sociedad de principios de la Edad Moderna. Condenadas por su propia marginalidad social y de clase los inquisidores vieron en ellas presas fáciles, perfectas cabezas de turco que mostrar a una sociedad desesperada, acusar al vecino de brujería llegó a ser una forma rápida y eficaz de librarse de él. El chivo expiatorio de tanta desgracia ya estaba preparado y dejaba a la Iglesia un enorme margen de actuación como defensora de la Bondad y la Verdad en el mundo. Ya tenían al enemigo, ahora sólo restaba perseguirlo y acabar con él y, todo, para salvar su alma atormentada por el pecado.
Durante el s. XIII la Iglesia se ocupó especialmente de perseguir las grandes herejías; valdenses, cátaros, fraticelli… Para finales de siglo la Inquisición, necesitada de víctimas, preguntaba al Papa ” si no debemos tener en cuenta también la hechicería y la adivinación “. La respuesta afirmativa llegaría con Juan XXII en 1320 y se potenciaría con Nicolás V en 1451. No fue la Edad Media la que persiguió a muerte a las brujas, sino el Renacimiento, ese falso remanso de paz racional después de la no menos falsa y arquetípica oscuridad medieval.
En 1484 el Papa Inocencio VIII promulga una bula, la Summis desiderantes, en una especie de declaración de guerra abierta contra las brujas, que instigadas por el Maligno, Enemigo de la Humanidad, asesinaban a niños en el vientre de la madre y se daban a los excesos… Probablemente la mención a las muertes de niños se refiera a que, debido a los conocimientos que solían tener una parte de las mujeres sobre hierbas y al mejor conocimiento del cuerpo femenino, ellas eran las que practicaban los abortos cuando se daban. Y en cuanto a los excesos… bien, para la mentalidad de la época, el que un grupo de mujeres se reuniera por las noches para charlar, bailar bajo la luna sin pudor (se cuenta que muchas veces bailaban desnudas) y en fin, divertirse en una especie de comunidad femenina, no debía ser fácil de entender. Y lo que no entendemos o no compartimos lo situamos muy rápidamente en la frontera de excesivo, y entrando en temas religiosos, se tacha de inmoral o pecaminoso. Tal vez mantenían además contactos sexuales entre ellas, tal vez las alusiones al macho cabrío que aparecía sean referencias a varones que las acompañaban a veces…
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