“Al morir Joaquín Monegro, encontróse entre sus papeles una especie de memoria de la sombría pasión que le hubo devorado en vida”. Así inicia Unamuno (Bilbao, 1.864 – Salamanca, 1.936) su “Abel Sánchez”. La pasión a que se refiere el autor no es otra que la envidia. Y es que, en efecto, esta novelita es un análisis de ella no sólo en sentido personal, sino también nacional.
Dos lineas de pensamiento conforman el conjunto de la obra unamuniana : el sentido de la vida y el tema de España. Toda su producción es una constante reflexión sobre ambas.
Y, así, el escritor vasco, que buceó como pocos en los recovecos del alma humana, a la vez que reflexionaba sobre la situación de su patria, llegó a la conclusión de que el mal de España residía en gran medida en la envidia. Ya lo dice en el mismo prólogo de la obra : “¡Qué trágica mi experiencia de la vida española!…….Esta terrible envidia, “phthonos” de los griegos, pueblo democrático y más bien demagógico como el español, ha sido el fermento de la vida social española. Lo supo acaso mejor que nadie Quevedo ; lo supo fray Luis de León. Acaso la soberbia de Felipe II no fue más que envidia……Toda esa apestosa enemiga de los neutros, de los hombres de sus casas, contra los políticos, ¿Qué es sino envidia? ¿De dónde nació la vieja Inquisición, hoy rediviva?”.
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