En 1963, el escritor francés Alain Robbe-Grillet publicaba ‘Por una nueva novela’, obra teórica que se considera el manifiesto de una nueva corriente narrativa experimental que fue bautizada precisamente así, ‘Nouveau Roman’ y que ejercería una importante influencia en las letras de otros países.
Entre sus miembros se cuentan, aparte del mencionado fundador, Michel Butor, Nathalie Sarraute, Claude Simon o Georges Perec y su tesis principal es el cuestionamiento de la novela tradicional. Consecuencia de ello será la potenciación de rasgos estilísticos como el flujo de conciencia o el menosprecio de la acción en beneficio del intimismo, del análisis introspectivo. Pero, sobre todo, el afán experimental. La obra literaria se convierte así en un baúl en que cabe todo: desde escribir sin puntuación hasta hacerlo sin utilizar una letra en todo el texto (por ejemplo, Perec en ‘La desaparición’, no usa la letra ‘e’, la más común en Francés). Por otra parte, en lo que a su ideología respecta, estos autores se hallan muy influidos por el existencialismo de Camus y, sobre todo, de Jean Paul Sastre.
Como decíamos, uno de los narradores que pueden adscribirse a esta corriente es Georges Perec (París, 1936-1982). Huérfano desde niño, fue criado por unos tíos, con los que vivó hasta retornar a París para estudiar en La Sorbona, al tiempo que comenzaba a colaborar en algunas revistas literarias. Tras publicar su primera novela, ‘Las cosas’, se une al ‘Taller de Literatura Experimental –también llamado ‘Oulipo’-fundado por su amigo Raymond Queneau, a quién dedicaría una de sus mejores obras: ‘La vida, instrucciones de uso’.
‘Un hombre que duerme’ es su segunda novela y viene a constituir un ensayo sobre la abulia y la soledad y, consecuentemente, sobre la existencia. Un estudiante decide no levantarse de la cama el día en que tiene que hacer un examen. Como en una espiral ascendente, desde entonces abandonará sus estudios, romperá su relación con sus amigos y se recluirá en la buhardilla en que vive y en sí mismo. Como en una especie de catarsis espiritual, tratará de desprenderse de todo apego a lo material e incluso de sus ambiciones y sueños.
A fuerza de ser sinceros y sin discutir sus calidades, no nos gusta el ‘Noveau Roman’, ni la obra de Perec. Cuando leemos una novela necesitamos que nos trasmita alguna emoción y este tipo de obras -muy de moda también hoy- que de tan experimentales y filosóficas resultan pedantes, nos dejan indiferentes.

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