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El Extranjero, Albert Camus

Por Luisfer, el 17 de Agosto de 2007

El Extranjero, de Albert Camus (1913-1960), es una novela a tener en cuenta no sólo por su calidad literaria, que es rebosante; sino por su profético estudio sobre el ser humano, sobre su advertencia de la creación progresiva de lo que podemos entender como “hombre del tercer milenio”, es decir, una persona apática, solitaria, resignada ante la vida, carente de emociones y de valores, hasta el punto de ser incapaz de distinguir el bien y el mal.

Estamos ante una obra existencialista, que plantea tantas cuestiones sobre la identidad y sobre la idiosincrasia del ser humano que es una poderosa fuente de reflexiones para el lector.

Narrada en primera persona, El Extranjero cuenta la historia de un oficinista afincado en Argel que comete un absurdo crimen sin motivación alguna. Lo más inquietante de esta novela es que, a pesar de estar relatada por el propio protagonista (que responde al nombre de Meursault), está inundada por un tono frío (más bien gélido), neutro, sin implicación social o emocional de ningún tipo. Bajo esta perspectiva de frialdad, Camus conduce al protagonista a una sensación constante de monotonía e indiferencia que salpica a sus circunstancias exteriores, hasta el punto de matar a un árabe “porque se lo han dicho”.

Los primeros indicios de esta extrema frialdad los encontramos cuando Meursault narra la noticia del fallecimiento de su propia madre. Se supone que debe estar estremecido ante uno de los eventos más importantes de su propia vida, pero lo acoge sin pesar alguno, mostrando simplemente cansancio ante la idea de que ha tenido que desplazarse a otra ciudad para asistir al entierro. No muestra amor por su progenitora, hasta el punto de que no sabe la edad que tenía al morir, ni qué día había fallecido realmente.

Asimismo, cuenta la relación con una compañera de trabajo por la que sólo siente deseos sexuales (esto es, los puramente fisiológicos), dándose cuenta de su vida transcurre de forma automática, él no es más que un autómata en una existencia vacía y carente de sentido y de futuro.

Todo es imparcialidad en Meursault, todo es “no sé” o “me da igual”. De hecho, puede elegir entre acompañar a su jefe a la inauguración de una nueva oficina o pasar el día con unos amigos en la playa, y literalmente, le da igual. Asimila sus acontecimientos con total indiferencia y sin el menor atisbo de preocupaciones. Es en ese día en la playa donde Meursault comete el asesinato con una sangre fría pasmosa.

Aquí acaba esta primera parte reveladora y nada esperanzadora para el futuro del protagonista, con el que el lector no empatiza en ningún momento, pero siente una extrema curiosidad por intentar descubrir los orígenes de un comportamiento tan alienado.

La segunda parte es menos lograda pero a su vez dotada de mayor interés, porque ayuda mucho más a conocer el mundo interior del protagonista. Se trata de su aprisionamiento y del juicio por su asesinato. El abogado de oficio busca como principal argumento que Meursault estaba confundido por la muerte de su madre, pero al declarar que no sintió dolor ni conmoción, tenía el juicio absolutamente perdido. En la prisión parece que su sensación de indiferencia se suaviza un poco y empieza a reflexionar de verdad, sobre el paso del tiempo y de la libertad, dándose cuenta de que no sólo le juzgan por el asesinato en sí, sino por cómo ha llevado su vida en general y en concreto por no haber sido un buen hijo.

El final del libro supone la imposición de la insensibilidad, del desamor y de la indiferencia. Una culminación auténticamente pesimista y desencantada, como advertencia de la nueva generación social que puede que no esté tan lejana, una nueva generación de seres alienados y distantes, vacíos y deshumanizados. Un alegato en contra de la degeneración humana, del despropósito de dar prioridad a otras cuestiones antes que la emocional y un canto en contra de la falta de valores. Por ello, se trata de una novela densa y riquísima en contenidos a pesar de su ajustada extensión, una reflexión imprescindible la que nos brinda Albert Camus para entender al ser humano. Una obra maestra a la que el paso del tiempo no merma, por su calidad literaria y porque llega hasta “adentro” del lector.

Aquí puedes leerlo gratis. 

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2 Comentarios en “El Extranjero, Albert Camus”

1

es bueno esa posion de hacer deleitar al lector; felicidades por su trabajo

2

Existen diferentes versiones acerca de la interpretación que debe hacerse del protagonista y sus actitudes frente a la vida. Muchas de ellas afirman que Mersault habría sido condenado por mantenerse fiel a la verdad. Él, adverso a una sociedad “hipócrita”, que juzga como inmoral la falta de ciertos sentimientos que “deben” mostrarse en determinadas situaciones (como tristeza y dolor por la muerte de una madre, o arrepentimiento por un homicidio), habría sido una especie de mártir de la verdad. Se convertiría de esta manera en lo extremamente opuesto a la etiqueta que recibe por parte de la sociedad representada en el libro (y por parte de algunas interpretaciones): en lugar de asesino inmoral, quedaría designado como héroe de la verdad.
En mi punto de vista, ninguna de estas dos hipótesis se encuentra en lo correcto. La que no había escuchado nunca es la que plantea usted aquí, de que Camus nos advierte con la apatía que muestra Mersault lo que podrían ser las generaciones futuras, el hombre del tercer milenio. Debo decirle que estoy en total desacuerdo: “El final del libro supone la imposición de la insensibilidad, del desamor y de la indiferencia. Una culminación auténticamente pesimista y desencantada, como advertencia de la nueva generación social que puede que no esté tan lejana, una nueva generación de seres alienados y distantes, vacíos y deshumanizados”.
Mersault encarna el sentir del hombre que se haya imposibilitado de expresarse y de actuar según su naturaleza. Como seres humanos partícipes de una sociedad, reprimimos en innumerables ocasiones (la mayoría del tiempo automáticamente), nuestros sentimientos, deseos e impulsos naturales. A medida que crecemos y nos educamos en un determinado contexto, nos vamos programando para distinguir ciertas cosas como “correctas” e “incorrectas”. Lo que muchas veces ni siquiera nos preguntamos es si estas limitaciones que aceptamos van a favor o en contra de nuestros instintos. Mersault es una especie de rebelde entonces, un rebelde sin querer serlo, pues adverso, o más precisamente indiferente a cualquier norma de tipo moral o social, actúa guiado por sus necesidades naturales decidiendo y actuando en pos de lo que le pide el cuerpo. Más que cualquier otra cosa influyen sobre él los factores del clima por ejemplo, el hambre, el cansancio, el deseo sexual, y en base a ello toma forma su vida. Comprende que todos vamos a morir y que vivamos una vida o la otra, con unos valores u otros, o del todo sin ellos, no tiene ningún valor al fin. Nos ha tocado de un modo, y a otros tocará de otro, y vendrán miles y miles después, como ya vinieron antes, y después de la muerte serán olvidados, y es completamente natural. En ningún momento constituyó para Mersault una máxima ni un ideal la verdad (y podemos comprobarlo con observar la ocasión en que Mersault se presta para ayudar a Raimundo a engañar a su amante, además de servirle más tarde como testigo). Mas, si no se mantuvo fiel a la verdad, sí se mantuvo fiel a la naturaleza humana, a la única naturaleza humana que podemos afirmar con certeza: la fisiólogica. Y me parece ello mucho más cuerdo que ceñirse a los escrúpulos de la religión, el protocolo y la moral. Tengo claro, sin embargo, y es una lástima, que no todos los hombres pueden darse ese lujo (léase El Extranjero debe morir, de Vargas Llosa), pero a este hombre, a este único que se dio la libertad de tomar el camino de la Razón Vital, le admiro y envidio profundamente.

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