Si para algo debe servirnos el centenario del nacimiento de una persona que trascendió a la historia de la humanidad por su legado a ésta, es para que hagamos un recorrido reflexivo por su vida y por su obra. Y esto es precisamente lo que se está haciendo en el mundo entero con Simone de Beauvoir: conmemorarla.
Nacida en Paris, el 9 de enero de 1908, esta intelectual consumada fue una de las mujeres que más influyó con su pensamiento en el siglo XX. Desde muy joven su deseo de emancipación quedó demostrado cuando desdeñó el sendero burgués que le había sido trazado desde la cuna, para estudiar filosofía en La Sorbona y comenzar a dar los primeros pasos en el Existencialismo, esa corriente filosófica de la que Jean Paul Sartre era ferviente abanderado. La empatía intelectual de los dos, basada en la comunión de sus ideas, no demoraría en transformarse en una relación amorosa que se prolongó hasta el final de la existencia de Sartre. Así como pensaban, así se amaron: libres, derribando las barreras impuestas por la sociedad pacata, con una pasión continúa apenas interrumpida por el romance de Sastre con Dolores Vanetti y el que sostuvo ella con Nelson Algren. Lo que dan cuenta sus autobiografías es que la pareja parecía predestinada a no separarse del todo, a permanecer unida en la esencia, convirtiéndose en un modelo de relación libre que las generaciones posteriores soñaron con imitar. Que Simone de Beauvoir adoró a Jean Paul Sastre nadie lo pondría hoy en duda, como tampoco que su militancia política encontró en la literatura su mejor medio de expresión, después de que renunciara a la docencia y escribiera su primera novela en año de 1943. En ésta, cuyo título sugestivo es La invitada, en La sangre de los otros (1944), y en Los mandarines (1954), aborda el tema de la responsabilidad civil. Pero hay una causa de índole personal que le hace comprometerse aún más con la literatura: es la causa de la mujer, asumida primero en sus artículos de Les temps modernes y en Questions feministes, y luego en El segundo sexo, el ensayo con el que revolucionó la tradicional concepción del género femenino. Su publicación fue en 1949 y con ella se generó todo tipo de reacciones, pues era un claro alegato en contra de lo convencional y una incursión decidida en ese nuevo pensamiento liberal que adoptó el nombre de Feminismo. Una no nace sino que se convierte en mujer, decía la Beauvoir, refiriéndose a que muchas características de lo llamado femenino se iban construyendo y eran producto del aprendizaje cultural, sin que para ello intervinieran los determinantes biológicos.
Si El segundo sexo fue una afrenta para el establecimiento patriarcal, El manifiesto que ella presidió y que contenía la firma de 343 mujeres notables, cuya posición era explícita a favor del aborto, le atrajo la malquerencia y el rechazo definitivos de los sectores más recalcitrantes y conservadores de la sociedad. Sin embargo, entre los odios y amores que sus ideas despertaban, su obra fue multiplicándose y haciéndose cada vez más prolífica, construyendo con ella un testimonio de vida que todavía en este 2008 del siglo XXI resulta necio desconocer.
Para todos hay una Simone de Beauvoir. Para las mujeres que encontraron en ella la vocería intelectual que encumbrara sus ansias de reivindicación está la autora de El segundo sexo y la de la autobiografía Memorias de una joven Formal donde se recrea a sí misma durante su juventud en el seno de su familia católica y burguesa, y que después, a medida que busca su verdad existencial, alcanza la libertad intelectual. Para quienes desean buscar explicaciones al hecho definitivo de la muerte está la que escribió Una muerte muy dulce, otra de sus autobiografías que se deriva de la reflexión que se hace sobre este tema durante el duelo por el fallecimiento de su madre. En el ensayo La vejez pueden hallar respuestas quienes se inquieten por una etapa de la vida que, para la autora, no suscita compromisos solidarios de la sociedad. Para quienes deseen conocer más acerca de su vida en común con Sartre, su compañero de todas las luchas, incluyendo la del amor, nos dejó el bello testimonio de La ceremonia del adios. Para todos hay una Simone de Beauvoir; hasta para aquellos que busquen en su obra la presencia de la gracia literaria está la autora del género de ficción, la que sabe del uso de las técnicas y las pone al servicio de una narración extraordinaria como es La Mujer rota, ese libro que reúne tres relatos dignos de pertenecer a la mejor antología. De la mano del narrador omnisciente tradicional, de la del monólogo, y de la de un diario, el lector asiste a la revelación de los micromundos que plantean en su orden La edad de la discreción, Monológo, y La mujer rota. Centrados en el punto de vista femenino las historias giran en torno a tres víctimas de las represiones a su género; tres mujeres que ventilan su abnegación dentro de las injustas relaciones de pareja que sostienen. Es así como Monique desnuda sus sentimientos ante la infidelidad de su esposo Maurice en La mujer rota: “me encuentro en una situación sin salida. “Si Maurice es un canalla, he desperdiciado mi vida amándolo. Pero a lo mejor tenía razones para no soportarme más. Entonces debo pensarme odiosa, despreciable, incluso sin saber por qué. Las dos hipótesis son atroces”. Simone de Beauvoir le presta su voz a estos personajes para que digan su verdad sin reservas, para que dejen salir a flote toda la frustración contenida, que igual es una manera de dejar en claro el pensamiento con el que ella busca definir las claves de su existencia como mujer.
Este es otro año de Simone de Beauvoir, y el centenario de su nacimiento debería servirnos para leerla por primera vez o para volverla a releer, según sea el caso, y para comprobar la vigencia de unos ideales que aspiraban a que la humanidad alcanzara unas relaciones más equitativas entre hombres y mujeres. Allí nos sigue esperando la obra de esta escritora que se analizó a sí misma y a la sociedad con una de las mentes más lúcidas de su tiempo.


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1 Comentario en “2008: otro año de Simone de Beauvoir”
Simone es una mujer bella é inteligente.Si este mundo estuviera lleno de mujeres de este tipo, los hombres no seríamos más que simple monigotes, sin esencia y sin destino.