Quim Monzó, escritor catalán, se ha convertido en un referente indispensable del género breve de los cuentos, y especialmente, de aquellos que versan sobre lo cotidiano, sobre las cosas que nos suceden o pueden sucedernos a cada uno de los ciudadanos que forman una sociedad en pleno siglo XXI. Aunque, aparentemente simples y esquemáticos, los relatos de Monzó esconden una perspectiva inteligente, crítica y dinámica, que hacen de su lectura todo un proceso de reflexión necesaria.
Un total de 30 relatos, que se extienden de media entre las dos y las tres páginas, conforman esta recopilación unida a través de un titulo verdaderamente explícito: “El porqué de las cosas”. En ese fatídica respuesta, se esconde muchas veces la presencia de la mujer, que en muchos cuento adopta la actitud de la mujer fatal, adúltera y perniciosa.
La visión del autor se recrea en la ridiculización de la realidad con el firme objetivo de extraer de su rutina las situaciones más banales que se bañan en el discurso aceptado de su verdadera realidad, obviamente más pesimista y angustiosa. Monzó logra como nadie deformar esa realidad que nos rodea para obsequiar al lector con un humor inteligente que a veces roza la lucidez. Básicamente el escritor consigue que lo simple se convierta en profundo, consciente de que las paradojas cotidianas de la vida son con frecuencia caminos pedregosos que sus protagonistas deben de atravesar sin remedio.
He seleccionado los relatos que a mi juicio son los más ejemplares, aún a sabiendas de que, todos gozan de una sabiduría literaria similar. Así, en “El amor”, Monzó lo personifica en una pareja de amantes -ella, archivera, y él, futbolista-, que descubren como el amor es una cuestión de poder y de lucha entre ambos para convertirse en la personalidad dominante de la relación. “La vida matrimonial” es a ojos del autor una vida marcada por la rutina y las mentiras insignificantes que acaban por condenar a los novios a sendas masturbaciones asumidas. También ironiza con “El ciclo menstrual” y para ello se sirve de una situación amorosa en la que los personajes sufren el comportamiento hormonal de la protagonista. En “Inopia” el autor emplea unas palabras que reflejan su visión de la realidad: “¿Será consciente de que, fiel a la fidelidad, se le ha aflojado la carne, le han salido arrugas y gente que hace diez años hubiera querido follar con ella ahora ni lo considera”
En el relato “La fe”, esta se describe como el diálogo insípido de una pareja sobre quien es de los dos quien quiere más al otro. En “La admiración” es de nuevo la mujer fatal, en este caso una jovencita, quien tras enamorarse de un novelista lo abandona en busca de otra presa literaria.
En el cuento “San Valentín”, el protagonista es el hombre que no se enamora nunca, un personaje cotidiano de nuestra sociedad que no encuentra el amor porque éste pudiera ser “una señal de que uno no es lo bastante independiente”, un algo que esta en contra del egoísmo de uno mismo, o bien, algo lejano que poder sentir, después de una infancia con poco amor paternal. También reflexiona profundamente, Monzó en “La euforia de los troyanos”, donde un hombre afronta su rutina con numerosos sobresaltos, que, por otra parte, a todos nos podrían ocurrir incluso de forma seguida como un incidente con el revisor del metro por no llevar el billete, la muerte de una mascota, un choque con el coche, una separación conyugal, el robo de una amante, un grano maligno, la venta del coche para comprarse una prótesis tras el accidente, un despido laboral, la necesidad de ejercer de pedigüeño en el metro, formar parte de una asociación de inválidos que vende lotería, una guerra, una dura posguerra de suicidios múltiples y, finalmente, ser aplastado en el suelo sin fortuna por la suicida a la que quería salvar. La muerte se convierte, entonces en una suerte de “lugar donde reposar”, un lugar donde poder huir de velocidad de la vida.
“La bella durmiente” es cambio un bonito cuento, una adaptación del conocido texto infantil, aunque en el de Monzó, el final se transforma en el descubrimiento de infinitas bellas durmientes porque ese amor de “vivirán una vida feliz y envejecerán juntos” no es el amor sencillo e idealista que verdaderamente ocurre en la realidad.
El último de los cuentos, que lleva como título “el cuento” es una mordaz recreación de la profesión del escritor, quien termina rompiendo en pedazitos su cuento por no ser perfecto y ello por el mero hecho de que ningún título se le adapta perfectamente.
El lenguaje de Quim Monzó se muestra accesible, si bien, en muchos casos se construyen ingeniosas ironías y dobles sentidos, así como finales cerrados que descubren que la realidad es hermética y su rutina es una especie de grillete que acompaña inexorablemente a la existencia se ser humano. También se vale el escritor de palabras malsonantes y ofensivas.
Esta obra maestra, que está desgranada en breves relatos, es una explicación particular, aunque acertada, del porqué de las cosas cotidianas de la vida; una irresistible cotidianeidad que también se han llevado a la pantalla de la mano de Ventura Pons y al teatro.

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