Cuentos, Literatura

Érase una vez….

Por Glenda Vergara Estarita, el 20 de Febrero de 2008

La primera frase de una narración es la que nos indica, como si estableciéramos un vínculo secreto con ella, a qué nos vamos a enfrentar a medida que avanzamos en la lectura del texto. Ella nos anuncia, como una pitonisa elocuente, cómo va a ser nuestra relación con el autor, si va a estar cimentada sobre las bases sólidas del afecto y la pasión, o va a ser, por el contrario, una de esas relaciones condenadas a la frialdad o al fracaso desde su comienzo. Esa sensación, extraña por cierto, se parece mucho a la que se produce cuando nos presentan a una persona y en el cruce de miradas y en el apretón de las manos, ya podemos medir, sin que sepamos la causa de ese presentimiento, el grado de simpatía que nos va a ligar a ella.

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Desde su planteamiento inicial un cuento o una novela ya instauran pautas que convidan al interés o a la apatía, a la curiosidad o a la indiferencia. “En el comienzo, Dios creó el cielo y la tierra”. Así se inaugura el Génesis, y es la frase de apertura a un libro que a través de generaciones ha obtenido el fervor de millones de lectores en todas las lenguas. Ni qué decir de la introducción que hace Kafka en su Metamorfosis: “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto”. Imposible que un lector juicioso se niegue la oportunidad de querer saber acerca del origen de sí mismo y del mundo que le rodea según la versión religiosa, y por qué y cómo, ese pobre personaje Kafkiano amanece metamorfoseado en un animal con patas. En uno y otro ejemplo hay sembrada una inquietud que sólo puede resolverse si el lector se acoge a la opción de proseguir con la lectura.

La primera frase es la que nos previene sobre un tema como lo hace de una manera insuperable Milan Kundera en La insoportable levedad del ser: “La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¡pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinito!”. Si esta frase no hubiera sido la que es, el lector no se hubiera sentido alertado sobre el entorno filosófico que iba a tener la historia del amor triangular de Tomás, Teresa, y Sabina, y no hubiera sospechado a qué profundidad existencial le iba a conducir el autor checo.


No sería exagerado afirmar que en las palabras iniciales de una narración, cada una con su intención y su propósito definidos, está la clave para que el lector se enamore a primera vista de la historia y no quiera perderle el rastro ni separarse de ella hasta agotarla. Es un juego de seducción al que nos invita el autor, y en ese proceso puede terminar él mismo siendo objeto de rechazo o el lector objeto de la conquista. No me imagino mejor suerte para Crónica de una muerte anunciada si su señuelo no hubiera sido éste: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nassar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”. Aquí el lector no se va a quedar inmune frente al anuncio que García Márquez le hace. Van a matar a Santiago Nassar. Ese va a ser un hecho consumado. Entonces nos propone seguirlo para ofrecernos más datos sobre ese crimen. ¿Quién caería en la tentación de no seguirlo y quedarse sin saber cómo ocurrieron los hechos que lo rodearon? Con esa frase introductoria quedamos ligados irremediablemente al autor y sucumbimos gozosos a su poder de persuasión, que es el que le imprimen a sus obras los grandes maestros del relato. Desde esa primera frase el autor sitúa al lector en un ambiente, como lo hace León Tolstoi en La guerra y la paz: “A finales del año 1811 comenzó el armamento intensivo y la concentración de fuerzas de la Europa occidental”. Con ello Tolstoi nos está diciendo que su extensa novela tendrá como telón de fondo a la Rusia en tiempos de la guerra patriótica contra Napoleón. Patrick Suskind, por su parte, en El perfume crea desde el principio una expectativa sobre un personaje en particular: “En el siglo XVIII vivió en Francia uno de los hombres más geniales y abominables de una época en que no escasearon los hombres abominables y geniales”. Los datos que aporta son suficientes para que el lector desee saber por qué causa ese hombre en especial ha sido merecedor de epítetos tan contradictorios entre sí. También la descripción de un personaje es la que abre el cuento Amor ciego de Rosa Montero: “Tengo cuarenta años, soy muy fea y estoy casada con un ciego”. La presentación que hace de sí misma esta mujer, que también es la narradora, sirve de estimulo para que un lector curioso quiera entrar a su mundo y familiarizarse más con él. El tono de una novela o de un cuento puede notarse desde el principio de los mismos. En esa parte inicial el escritor sienta unas bases que son como las estructuras de lo que va a contar. Ya se nota cómo va a contar lo que quiere decir, y de su manera de decirlo dependerá que guste o no, que resulte interesante lo que propone, o que se le deseche porque entraña una dificultad. Y es que la sencillez es otro elemento que participa en una apertura positiva. Los comienzos intrincados, los que saturan de mucha información al lector, terminan agotándolo prematuramente y no consiguen engancharlo.

Ya para terminar vale la pena recordar lo que decía Gabriel García Márquez en las conversaciones que sostuvo con Plinio Apuleyo Mendoza en el libro El olor de la guayaba (1982): “la primera frase puede ser el laboratorio para establecer muchos elementos del estilo, de la estructura y hasta de la longitud del libro.

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1 Comentario en “Érase una vez….”

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Hay libros que se han considerados joyas de la literatura universal y son sumante insoportables en su conjunto y hay más de un libros que es un peñazo durante x páginas pero que tras ellas es genial acabando por ser una maravilla. A mí el señuelo de Cronica de una muerte anunciada no me inspiró a leerlo; solo el hecho de que me iban a examinar de ese libro.

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