Justo cuando el joven Matías Pascal cree que la vida no lo puede tratar peor (su familia lo odia, sus acreedores lo acosan), un doble golpe de suerte cambia su vida de manera inesperada: Gana una gran suma de dinero en un casino y, además, es confundido con un cadáver con un gran parecido a él, cerca de su casa. Viendo estos últimos sucesos como una oportunidad de desaparecer del mapa y cambiar de vida, Pascal viaja a Europa bajo una nueva identidad: Adriano Meis. Sin embargo, tras largos años de anonimato, irá encontrando cada vez más dificultades para seguir escapando de su propio pasado.

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Publicada en 1904 “El difunto Matías Pascal” por Luigi Pirandello, su autor se impuso como uno de los escritores más importantes de comienzos del siglo XX. Su obra indica los momentos más altos de la decadencia europea, ilustrando el total relativismo de cualquier pensamiento y acción del hombre, y que ningún criterio común puede clasificar como verdadero o falso, racional o irracional. Es así como se concluye la imposibilidad de llegar a un “yo” esencial de la persona humana, ya que ésta es formada por muchas facetas diferentes, todas ellas observadas desde distintas perspectivas por el resto de personas que lo rodean.
El difunto Matías Pascal fue publicado cuando Pirandello tenía treinta y siete años y supuso un vuelco a la típica obra costumbrista característica de aquella época. Además, se anticipó a relatos futuros llenos de análisis sobre la individualidad del ser humano, tema que se volvería, con el tiempo, central en el teatro del autor.
Regresando a la obra en sí, ésta formula una pregunta fundamental: Matías Pascal y Adriano Meis: ¿Uno o dos personajes? En esta duda recae, quizás, el mayor atractivo de la obra; se nos presenta una ocasión perfecta para realizarnos una pregunta fantástica: ¿En qué nos convertiríamos si nuestro pasado desapareciera? No todo el mundo ha tenido la oportunidad de morir en vida, como Matías Pascal. ¿Cómo reaccionaríamos al estar ante una oportunidad semejante? ¿Lo dejaríamos todo para comenzar una vida nueva, desde cero y sin mirar atrás? ¿Tan irremediables parecen ser nuestros problemas cotidianos?

Foto: Libreria Luces
Matías Pascal aprovechó esta oportunidad para cambiar de vida y tomar una nueva identidad. Seguramente, pensó que todo le iría perfecto, de ese momento en adelante. ¿Y quién lo culpa? Después de todo, muchos de nosotros no sabríamos qué hacer con una situación semejante entre manos. O, quizás, si sabríamos. La cuestión es que Pascal, o más bien Adriano Meis, disfrutó de su nueva condición, hasta que la inevitabilidad de la muerte, inclusive de la muerte fingida, lo atrapó. Su destino, desde el momento que tomó su decisión, fue fracasar.
Matías Pascal, definitivamente, tuvo suerte, y la exprimió hasta que no pudo más, inclusive inventando improvisadamente el pasado de su nueva identidad: “Vivía no solamente para mi presente, sino también para mi pasado, es decir, para los años que Adriano Meis no había vivido”. En efecto, Matías Pascal/Adriano Meis vivió y disfrutó una existencia desprovista de responsabilidades, sin un pasado ni futuro reales, sin rumbo ni propósitos. Pero Meis quizás olvidó que, tiempo atrás, fue Pascal, y que a consecuencia de su muerte, éste dejó muchos cabos sueltos donde pensó que no había ninguno. Para Pirandello, la verdadera libertad no existe.
La libertad, para carecer totalmente de responsabilidad, debe tener una ausencia de memoria y pasado. Matías Pascal, mediante el acto de fingir su muerte, fue librado de las penas cotidianas y el compromiso con los suyos, mas no acabó con su capacidad de recordar. Pascal se dio cuenta, de manera dura y fría, que vivir así es imposible: “Sin duda había sido un hombre misteriosísimo: ni un amigo, ni una carta, nunca, en ninguna parte…”. Nuestro personaje no puede gozar de “la vida después de la muerte”, si es que aún lo persiguen los recuerdos de lo vivido anteriormente.
El destino de Matías Pascal nos sugiere que, por más que la suerte nos acompañe y nos brinde aparentes segundas oportunidades, las dificultades y acciones acumuladas a lo largo de nuestras vidas nos acompañarán constantemente, como una piedra amarrada a nuestro cuello. Es así como nos damos cuenta de lo terrible que terminó siendo la suerte de nuestro héroe: “¿Me ha parecido una suerte que me tuvieran por muerto? Pues bien, estoy muerto de verdad. ¿Muerto? Peor que muerto: los muertos ya no tienen que morirse, y yo sí, yo estoy todavía vivo para la muerte y muerto para la vida. En efecto, ¿Qué vida puede ser la mía?”. En efecto, muchas de las dificultades que experimentamos en nuestra vida cotidiana, por más molestas que puedan parecer, son infinitamente menos frustrantes que el estar muerto en vida, sin rumbo en el mundo de los vivos, ni refugio en el mundo de los muertos.
La obra, por lo tanto, plantea un problema de identidad, es decir, nos hace preguntarnos quiénes somos realmente. ¿Somos acaso poco más que un conjunto de rasgos físicos, como una cabello lacio, ojos pardos, o quizás los documentos que detallan nuestras vidas, como una partida de nacimiento o una licencia de conducir? ¿O quizás somos nuestro entorno, constantemente definidos y redefinidos por él? Todo ello empapado de un tono melancólico e irónico, con reflexiones agudas como la siguiente:
“Pude experimentar que el hombre, cuando sufre, se hace una idea muy particular del bien y del mal, es decir, del bien que los demás deberían hacerle y que él pretende, como si de sus propios sufrimientos se derivara un derecho a la compensación; y del mal que él puede hacer a los demás, como si estuviera habilitado para ello también por sus propios sentimientos. Y si los demás no le hacen el bien casi por obligación, el los acusa, y de todo el mal que él hace casi por derecho fácilmente se excusa.”
A pesar de la trama bizarra y un tanto macabra, El difunto Matías Pascal es una obra escrita con un sentido del humor cálido. Pascal, es, esencialmente, un personaje cómico y el estilo de la novela, por momentos, se vuelve casi satírico. La obsesión de Pirandello con la naturaleza de la identidad es, sin lugar a dudas, el corazón de esta profunda, pero felizmente divertida, obra.


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