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El mito de la Caverna y La Caverna de Saramago

Por Inma Manzanares, en 25 de Enero de 2008

Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia delante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto; y a lo largo del camino suponte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de las cuales exhiben aquéllos sus maravillas (…) (La República, Libro VII, 514 y siguientes, la traducción que uso es la de Pabón y Fernández-Galiano para Alianza Editorial)

Así inicia Platón el mito de la Caverna, a continuación planteará la existencia de otros prisioneros que transportan mercancías o que se mueven a ‘lo largo de esa paredilla’, cuyas sombras serán vistas por los prisioneros que permanecen atados y forzados a mirar a una única dirección. En realidad, estas sombras serán lo único que ellos vean del mundo, para ellos estas sombras serán el mundo externo a ellos y el fuego el único sol.

Platón plantea qué pasaría si estos prisioneros tuvieran la oportunidad de volver la vista atrás y ver a los que producen las sombras, ‘¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?

Y es más, qué pasaría si lo sacaran de esa gruta y lo expusieran a la luz del sol. Sin duda alguna, la primera sensación sería dolor, dolor en los ojos ante la visión de la luz, primero la luz de la fogata de la misma gruta, luego, mucho más dolor con la luz del sol del exterior. ‘Necesitaría acostumbrarse para poder llegar a ver las cosas de arriba’. Tendría que ir mirando todo de forma paulatina, hasta poder, finalmente, ver la luz directa del sol. Este hombre, liberado de aquel mundo subterráneo, ‘Cuando se acordara de su anterior habitación y de la ciencia de allí y de sus antiguos compañeros de cárcel, ¿no crees que se consideraría feliz por haber cambiado y que les compadecería a ellos?

Probablemente no quisiera volver a su anterior vida, por muchos honores y poderes que le concedieran allá abajo. Sin embargo, Platón lo devuelve a la caverna. Este hombre intentaría explicar a sus compañeros de prisión lo que ha visto, que aquellas sombras no son reales, ‘¿no daría que reír y no se diría de él que, por haber subido arriba, ha vuelto con los ojos estropeados, y que no vale la pena ni aun de intentar semejante ascensión? ¿Y no matarían, si encontraban manera de echarle mano y matarle, a quien intentara desatarles y hacerles subir?

Este es el mito de la Caverna, Platón va más allá y lo explica, lo lleva al mundo en el que vive el filósofo: el hombre vive en la oscuridad, engañado por lo que cree vislumbrar, y sólo si el alma logra ascender al mundo de lo inteligible conocerá, con gran trabajo, la Idea del bien, que ‘es la causa de todo lo recto y lo bello que hay en todas las cosas’. Y, claro, ¿quién conociendo esto, lo recto y lo bello, quiere volver a la ignorancia en la que vivía?¿Crees que haya que extrañarse de que, al pasar un hombre de las contemplaciones divinas a las miserias humanas, se muestre torpe y sumamente ridículo cuando, viendo todavía mal y no hallándose aún suficientemente acostumbrado a las tinieblas que le rodean, se ve obligado a discutir, en los tribunales o en otro lugar cualquiera, acerca de las sombras de lo justo o de las imágenes que son ellas reflejo y a contender acerca del modo en que interpretan estas cosas los que jamás han visto la justicia en sí?

Es en definitiva, cómo Platón explica el mundo de las Ideas: los objetos sensibles, que emiten las sombras a las que nuestros ojos están acostumbrados, son sólo imitaciones de unas realidades inmutables y eternas, que son las Ideas. El hombre puede llegar a vislumbrar las sombras, las imágenes distorsionadas de esas Realidades, pero sólo si es capaz de ir más allá del mundo sensible, conseguirá conocer las Ideas tal y como son. Y esto sólo lo consigue la parte del alma inteligente y razonadora. Y el resto de los hombres, que no han conseguido este conocimiento, lo censurarán, criticarán y condenarán.

Esquematizando, hay cuatro niveles de conocimiento para Platón: el primero, el que vive de sombras y de imágenes (los prisioneros de la caverna); el segundo el de las cosas sensibles que proyectan esas sombras (las cosas transportadas a través del ‘tabiquillo’ y que, en la mayoría de las ocasiones, son simples representaciones de lo Real), el tercero es el mundo del pensamiento, a través del cual el filósofo, aplicado en las matemáticas (el proceso de salir de la caverna e ir acostumbrando los ojos), llegará al mundo superior de las Ideas (el exterior de la caverna y la visión del sol).

Y ¿por qué hago referencia al mito platónico si lo que me había propuesto tratar era una obra de Saramago?

Cuando lean La caverna, comprenderán el porqué de todo este preámbulo, porque la historia del alfarero es simplemente una excusa para exponer esta idea (con minúscula esta vez): Cipriano Algor (por cierto, Algor es un nombre parlante, desde ya sabemos que es un personaje en el ‘invierno’ de su edad, Algor significa frío, invierno), bien, decía que Cipriano Algor ha conocido el mundo de las Ideas, sabe lo que es correcto, representa al ‘filósofo’, cuya alma inteligente y razonadora debe enfrentarse con el resto de la humanidad, que vive ‘en las miserias humanas’, y como el filósofo se ve obligado a contender con los tribunales de Justicia y con todos aquellos que no han visto la Realidad para hacerles comprender qué es lo justo y lo bello.

Por supuesto, el Centro Comercial, representa todo lo contrario, es la caverna en la que todos siguen viviendo, sin conocer qué hay más allá, en la que se recrea un mundo ‘real’: ‘habría podido apreciar, durante la vagarosa subida, aparte de nuevas galerías, tiendas, escaleras mecánicas, puntos de encuentro, cafés y restaurantes (…) un carrusel con caballos, un carrusel con cohetes espaciales, un centro para niños, un centro para tercera edad, un túnel del amor, un puente colgante, un tren fantasma, un consultorio de astrólogo, un despacho de apuestas, un local de tiro, un campo de golf, un hospital de lujo(…) una puerta secreta, otra con un letrero que dice experimente sensaciones naturales, lluvia, viento y nieve a discreción, una muralla china (…) un himalaya con su everest, un río amazonas con sus indios (…) una lista hasta tal punto extensa de prodigios que ni ochenta años de vida ociosa serían suficientes para disfrutarlos con provecho, incluso habiendo nacido la persona en el Centro y no habiendo salido nunca al mundo exterior.’

Esta última frase, nos vuelve a recordar el mito de la Caverna: el Centro no es el mundo exterior. En el mundo exterior están los objetos reales, en el Centro sus imitaciones, sus sombras. Y Cipriano no se conforma, habiendo conocido el exterior, vivir en la caverna, mirando sólo las imágenes ficticias, por eso, empieza a pasear, a querer conocer, al menos, el artilugio (la parte de los objetos sensibles), lo que para Platón era aquella ‘paredilla’, por la que avanzaban los individuos con carga. Es otra esfera. Un espacio intermedio entre el estar quieto, mirando el mundo que el Centro nos ofrece, ficticio, creernos que eso es la realidad única y el mundo superior, el exterior (la Alfarería, si quieren), en el que se conoce qué es lo Real (con mayúsculas): ‘Y la arena. No hay arena, es una imitación de plástico, pero de lejos parece auténtica.’

Y podríamos preguntarnos qué Idea es esa que conoce Cipriano y que no conoce el Centro comercial, es una idea bastante simple: es el conocimiento de la desaparición de una serie de valores, de una forma de ver el mundo. No es conocimiento abstracto lo que separa al Alfarero del Centro. El alfarero sabe, conoce que la Realidad está desapareciendo y está siendo sustituida por imágenes de ella. Lo justo y lo bello sería que aquello se mantuviera.

También Saramago nos ofrece cuatro niveles de Conocimiento: los que trabajan en el centro serían los que se conforman viendo sombras, Marcial, el yerno, estaría en este mundo; la ciudad sería el mundo sensible; Marta, la hija de Cipriano, vive a medias entre las sombras y el Conocimiento final y Cipriano ha logrado este conocimiento total.

Y si, aún, alguien duda de que el Centro de Saramago es la Caverna de Platón, lleguen hasta el final y sorpréndanse con el hallazgo en los subterráneos del gran monstruo comercial.

Sin alargarme mucho más en el comentario, que da para bastante más, quiero hacer un par de alusiones a la parte formal del texto: primero, ya he comentado algo sobre el asunto de los nombres. No son gratuitos: Cipriano Algor (por cierto, ¿recuerdan que tiene problemas con la vista, igual que el prisionero de Platón que llega al conocimiento? Vuelto a tentarme con el tema…), es el invierno, el viejo desde siempre, si se quiere, podríamos decir también el sabio, si el viejo es sabio (que en Saramago, suele suceder), la vecina Isaura Estudiosa y/o Madruga, su yerno Marcial (y trabaja como agente de seguridad ¡¡¡¡del Centro!!!!, acatando órdenes, sin preguntar), el perro Encontrado…

El otro punto que no me resisto adejar sin comentar es el tema del monólogo interior que, junto, al estilo tan peculiar de Saramago de no señalar los diálogos como tradicionalmente se hace con guioncitos, sino introducirlos directamente entre los párrafos narrados, dificulta en algo la lectura, pero también la agiliza y hace que la historia y los personajes estén más identificados, es como imitar la realidad misma (¿volvemos al mito de la caverna?), en la que las personas no hablamos ni pensamos con guioncitos.

No es una lectura fácil, es cierto, pero nadie puede negar qué enriquecedora puede llegar a resultar, si comprendemos bien el mensaje que nos proporciona.

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2 Comentarios en “El mito de la Caverna y La Caverna de Saramago”

1

….Son las sombras de las ramas de un árbol que se mueven con el aire, cuando miro por la ventana desde el fronopático

2

Buen artículo, sí señor. En otro artículo de esta página he encontrado una opinión de alguien que no entiende lo que lee o que lee lo que no entiende, y que opina, por opinar, sobre algo de lo que no se ha enterado. Me alegro de poder leer este artículo, en esta misma página, que me haga pensar todo lo contrario. La caverna, maravilloso. Difícilmente comprensible si no se conoce, aunque sea en superficie, el mito de la caverna, pero con tener una pequeña noción, el libro cobra un sentido asombroso.

Saramago, como siempre, Genial, con G mayúscula.

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