Cuentos, Otros

El muchacho que escribía Poesía, de Yukio Mishima

Arte poética adolescente
Por Gonzalo Valdivia, en 2 de Septiembre de 2008

Yukio Mishima (1925-1970), seudónimo de Kimitake Hiraoka fue un narrador y dramaturgo japonés que vivió marcado por la costumbre del sepukku o suicidio ritual que acabó con su vida. Un cuento en que pone a su protagonista ante el drama de la existencia es El muchacho que escribía poesía, donde un chiquillo de quince años tratará de abrirse paso entre los mayores que dominan la poesía para crecer como persona y superar la falta de amor y de autoestima producto de su fealdad física.

La narración de este cuento pasa por consideraciones estéticas que nos describen el arte poética del adolescente, como piensa transformar los objetos cotidianos por las palabras hermosas que busca en el diccionario, su dedicación exclusiva a la poesía que lo hace descollar del resto de su salón de clase, y su retroalimentación con el canon literario occidental para tener modelos en que inspirarse. Buscará el apoyo de R, de veinte años, encargado del club literario con quien experimentará amistad y competencia.

Arte poética adolescente: El quinceañero está explorando la poesía y la literatura, aún le falta leer autores como Schiller y Goethe, sin embargo destaca por su habilidad para componer espontáneamente poemas que aún no ha publicado oficialmente. Su amigo R, ya ha publicado y lo apoya por correspondencia porque descubre su genio y potencial. En la charla final entre ambos, R trata de rebajar al muchacho diciéndole que no puede comprender el amor ilícito, por ser muy joven.


R hiere al muchacho con esta afirmación, pero a su vez el adolescente creerá que R no es un genio porque se deja vencer por el amor prohibido, perdiendo su vitalidad, llegando a estar cabizbajo y malhumorado, síntomas de perder el don poético. El colegial es consciente de haber pasado por una etapa contemplativa en su poesía, por lo que se siente inseguro de confiar en su genio para componer poemas de amor. El esperaba que el amor de R por la esposa sea motivo de ello.

Cuando constata la pérdida de la poesía en R y siente alrededor la vitalidad de un juego de baseball, piensa que quizá él, llegue también a dejar de escribir poesía. El relato concluye con la sentencia de que el quinceañero no había descubierto que nunca había sido poeta. Esto porque él nunca sintió el desgarro del amor para verbalizarlo en la poesía y porque siempre estuvo a la sombra de gente que no gustaba de su producción, como el monitor del colegio y de R.

La dura adolescencia: La fealdad del quinceañero lo fuerza a contemplar la realidad, a buscar producir belleza en el lenguaje para compensar su naturaleza. Está marginado con su propia poesía, en la que aún no puede confiar plenamente pues debe aprender de otros, tener guías. Se asiste a la periodo de aprendizaje que no terminará con el relato, sino que se supone debe continuar para quemar etapas y pasar a un estado superior en el dominio del arte.

El quinceañero pudo aprehender la naturaleza por la contemplación, pero no ha captado la esencia del amor, la que burdamente ha desfogado en masturbaciones que lo han dejado anémico. El quinceañero está enunciado desde lo patológico, porque la adolescencia es una etapa de cambios donde el ser humano es vulnerable a las enfermedades. Su fealdad, signo de anomalía contrastará con la belleza de los escritores occidentales retratados en los libros que estudia.

El quinceañero se siente otro al no sufrir por la derrota deportiva de su colegio, cuando ve a los otros muchachos llorando junto a los perdedores del baseball. Sin embargo, cuando escuche la celebración de una práctica, verá que es un llamado de la vida a experimentar la vitalidad, algo que necesita para formarse como poeta. Requiere nutrirse de un momento de compenetración con la vida, al que el vincula erróneamente con el cese de la escritura y la pérdida del don.

Arrogancia e impostación: El mérito del quinceañero es reconocido por sus compañeros de colegio y por R, sin embargo no se ahogaba en ello, quería crecer como poeta, subordinando la experiencia propia o ajena al fin de la composición. R era un impostado que se creía el poeta maldito Auguste Villiers de l’Isle Adam y creía que con un deseo ilícito y la oposición de sus padres a tal amor, era suficiente para llevar su vida al terreno de la poesía, aunque él perdiera el talento para verbalizarla.

Como la adolescencia, la arrogancia es parte del proceso de aprendizaje, cuando el don recibido necesita depurarse a fin que eleve la obra del poeta, independientemente de sus gestos y actitudes vitales. Quizá ambos vicios puedan curarse, pero el peor de ellos es la arrogancia que nubla el entendimiento y hace pensar a la persona que su arte está completo y no necesita aprender más. Esta última idea es vital en el pensamiento estético nipón, donde la soberbia empaña el mérito.

El cuento tiene un final doloroso para el protagonista, pero este no lo recibe así porque su soberbia aún no lo deja percibir la verdad. El quinceañero cree que es mejor que R, por no manifestar poses fuera de época ante los demás. Sin embargo aún no es poeta, no está listo para dejar su aprendizaje, el quiere tener un lugar en la historia de la poesía, mientras R es pedante por sobrevalorar a sus antepasados. Cuánto más se arraiga R en su pasado familiar, más caduco se vuelve para el quinceañero.

Conclusión: El quinceañero tiene una habilidad precoz que aún no puede dominar para que su obra sea totalizante y de la contemplación pase a verbalizar el amor. A la sombra del afectado R, buscará salir del anonimato y superar su talento, pero se da cuenta que este perderá sus dones ante la frustración del amor prohibido. Arrogante, el adolescente se cree un genio y no es capaz de asumir que le falta quemar etapas en la vida para pasar por el desgarro emocional y llevarlo a la escritura.

Mientras dure su aprendizaje, el quinceañero no podrá ser un poeta logrado, mucho menos dejar de escribir, pues tiene que perfeccionar sus habilidades. Consumar las habilidades requiere humildad, un pisar la tierra, para conocerse a sí mismo, mejorar y despegar, según el ethos de la cultura nipona.

Fotos:

“mishimaespada” de islaternura.com

“yukio-mishima-plainclothes” de nndb.com

“mishima2″ de meaus.com

“goethe[1]” de madridfera.com

“mishima3″ de melvin.es

“Mishima giving speech outside military buliding” de  tamtambooks-tosh.blogspot.com

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