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Los columpios de Favio Morabito

La infancia como paréntesis de la vida
Por Gonzalo Valdivia, en 8 de Octubre de 2008

Favio Morabito (Alejandría, Egipto, 1955) hijo de padres italianos, es uno de esos poetas que rescata la inocencia de la infancia y la verbaliza en su poesía como etapa de preparación en la vida humana. En su poema Los columpios, de su poemario Lunes todo el año, Morabito emplea la metonimia de columpio como parte de la infancia y la analogía de paréntesis por la forma en que un niño se ve colocado entre las cadenas del columpio en el que se balancea.

El columpio es un juego universal, no es costoso, es humilde en su manutención y se hace arquetípico de la espontaneidad de la niñez, jugar de pequeño en el columpio es actualizar la niñez. En este poema bajar del columpio es terminar la infancia, en el vigor de la adolescencia hacia una muerte todavía lejana. Cada generación que se columpia los pinta de un color distinto, le da un matiz de afecto y los recuerda como un instante breve o paréntesis en su vida.

La forma completa y sencilla: El columpio es un mecanismo muy práctico que soporta el peso de un niño, su forma es tradicional, solo se pinta la banca de madera. Es práctico solo se requiere subir en él mientras niño. No necesita agregarle cosas suntuosas, el columpio necesita a un niño o una niña y estos a él para ser en el instante. Es una diversión plena que no necesita de una mayor racionalización; no hay tratados, clases, competencias ni transmisiones radiales de su sonido.

Todo lo que produce el columpio queda para la intimidad, el placer no tiene que ser cerebral, es sentido por el ethos del niño, es un juego entrañable que vincula al infante con el espacio de un jardín o parque. Este juego supone la frescura del viento a campo abierto y la de la tierna edad. El columpio trasciende el tiempo, el padre de un niño le procurará este juego a su hijo para compartir la recreación de la niñez. El columpio es una herencia de libertad, solo implica dejarse llevar por la alegría.



El columpio por su sencillez permite al niño sentir y no pensar, se bajará de él cuando crezca y la vida le imponga racionalizar sus acciones. Nadie los roba, no pueden lucrar con ellos, su gozo es solo para los muy niños. El columpio no sirve robado, no se entrega a la mezquindad, es un juego que comparte la niñez y vincula a los pequeños. La sencillez del columpio permite aprender el instante, recrear el juego en cada balanceo. El columpio es evocado después de la niñez.

El paréntesis: La preparación o la formación para la vida es su paréntesis. Las primeras experiencias vitales forjan el ser de la persona. El niño va cambiando cada vez que sube al columpio hasta que quema su niñez, termina la metamorfosis y está grande para el columpio. El columpio tendrá que ser pintado de nuevo para la siguiente generación, la próxima infancia que lo hará suyo en este arquetípico juego de la niñez. El paréntesis es breve como la niñez, su evocación lo será aun más.

El paréntesis del columpio o de la primera infancia, mantiene al abrigo de la seriedad y las responsabilidades del resto de la vida. Es una etapa, que se plasma en un juguete, que lleva sobre sí al niño. El columpio forma un paréntesis con sus cadenas para la vida, un momento en que se evitan las grandes preocupaciones, para dar más importancia a la formación de la persona. Este paréntesis es necesario para soltar al niño por la diversión, hacerlo dueño de sí y de su futuro ser verdadero.

El paréntesis es la realización de la infancia, una edad a la que no se puede regresar. Esta etapa se caracteriza por su falta de racionalización, porque no está procesada por un pensamiento profundo. El niño sale de esta etapa encaminándose a su individualidad, a un nombre propio que lo diferencia del infante despreocupado. Desde la poesía este periodo se recupera por la evocación y la constatación de su condición única; no se repite la infancia, se recuerda con la conciencia de que ha cesado.

La bajada del columpio: La última bajada la da el crecimiento del niño, es muy grande física y anímicamente para columpiarse. El columpio ya no resiste su peso, el de su masa corporal y el de sus responsabilidades. La alegría pura y gratuita ahora tiene que ser compensada con la seriedad de la vida. Columpiarse es como ejercitarse o entrenarse para crecer, los niños crecidos se bajan “sin una gota de humedad”, ya no dejan su sudor sobre el columpio, ni en la banca ni en sus cadenas.

Durante la infancia se sube y baja muchas veces del columpio, al hacer turnos con otros niños, para empujar al amigo o al hermano mientras se columpia. Este juego es solidario porque se comparte entre varios. La falta de competencias con este artefacto lo hace ideal para el disfrute, no hay miedo a perder ni a ser comparado con otros. El columpio es un elemento igualador de la condición humana en su infancia. Se usa gratuitamente y el placer y distracción que devuelve también es gratuito.

La bajada es necesaria por el continuum de la vida. Esta no puede confinarse al medio doméstico, pues se hace más complicada. En un momento de evocación el poeta vuelve a hacer suyos estos instantes, para recordar su paréntesis antes de llegar a ser su actual y verdadero nombre. La rapidez y brevedad del balanceo epitomiza la de la infancia, el columpio no será del todo olvidado por la persona crecida y adulta pues ella puede pasarla a su siguiente generación.

Conclusión: La infancia es única en el ser humano, es un tiempo al que se puede volver reencontrándose con los elementos que fueron disfrutados en ella como el columpio, común a todos los niños del mundo. El juego y la diversión son gratuitos, abundan en la infancia paréntesis de la vida, evocado en la metonimia del columpio. La no necesidad de medios costosos ni sofisticación del entendimiento para jugar con el columpio lo hace ideal para ser recreado espontáneamente.

Fotos:

“Morabito-Fabio” de literaturainba.com

“016215137″ de eurekakids.net

“fabio_morabito_fullblock” de casamerica.es

“sem-javi” de jornada.unam.mx

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