El plagio en el arte es una concepción ambigua. Ha existido, y existirá siempre, y aún más, si atendemos a la teoría (que no suscribo) de que el arte está cada vez más limitado. Ha habido casos flagrantes, de verdadera caradura, en un mundo en el que nada se puede asemejar a nada, y no nombrar el caso de John Cage sería infructuoso. A saber, este gran compositor experimental “compuso” en 1952 una pieza que consistía en cuatro minutos treinta y tres segundos de silencio (la pieza se llamaba, sí, 4′33″). El grupo británico The Planets hizo lo propio con un minuto de silencio. No es difícil adivinar que los herederos de John Cage les denunciaron por, sí, plagiar el silencio (¡y se llevaron el gato al agua!).
Pero el caso que nos ocupa es menos estrambótico, más trivial y más evidente. El llamado copy-paste en términos de la informática e Internet. Consiste en copiar literalmente párrafos enteros de textos, generalmente aprovechando que la fuente es menos conocida. Por poner ejemplos, el caso de Jorge Bucay, que tuvo que retirar su libro Shrmiti, por parecerse mucho a un libro de Ángela Vallvey, más recientemente Lucía Etxebarría, que tuvo que reconocer que barría pa casa, valga la redundancia, y el más conocido a modo popular, el del negro de Ana Rosa Quintana.
Este caso está referido a Julio Cortázar, un grande de la literatura sudamericana e incluso universal. Aquí es donde entra de forma activa el peruano Alfredo Bryce Echenique (1939), ganador de un premio Planeta, con su soporífera novela El Huerto de mi Amada, que toma un texto del también peruano Guillermo Niño de Guzmán, que, no lo olvidemos, es compatriota de Echenique, y casi coetáneo (aunque catorce años más joven que él).
Aquí tenemos un párrafo del texto “Relámpagos sobre el agua”, de Niño de Guzmán, justo después de fallecer Cortázar:
Era un hombre muy alto, flaco, huesudo y, según aquellos que lo conocieron, su enorme cuerpo contrastaba con su rostro infantil. “Nos mira con una cara de niño prodigioso e inquietante”, se sorprendió Luis Harss cuando fue a entrevistarlo a París a mediados de los años sesenta. Cordial, afable, sin embargo podía resultar algo impersonal. Era reservado y había zonas de su personalidad a las que no permitía acceder. Muy intelectual y con una formación cultural impresionante, a menudo corría el riesgo de parecer snob. No le gustaba alternar con mucha gente y prefería recluirse en su granja de Saignon con docenas de libros y algunos viejos discos de Parker o de Bártok que nunca se cansaba de escuchar. Fumaba sin cesar sus Gitanes y, a veces, entre trago y trago, silbaba un tango entre dientes o cogía su trompeta y se ponía a soplar un tristísimo Out of Nowhere.
Y esto pertenece a “Crónicas Perdidas”, de Echenique, de 1993:
Era un hombre muy alto, flaco, huesudo. Su cuerpo enorme contrastaba con su rostro infantil, con la mirada de niño inquietante con la que sorprendía siempre a sus interlocutores. Cordial, afable, sin embargo podía resultar algo impersonal. Era reservado y había zonas de su personalidad a las que no permitía acceder. No le gustaba alternar con mucha gente y prefería recluirse en su granja de Saignon con docenas de libros y algunos viejos discos de Charlie Parker o de Bartok que nunca se cansaba de escuchar. Fumaba sin cesar sus Gitanes y, a veces, entre trago y trago, silbaba un tango entre dientes o cogía su trompeta y se ponía a soplar un tristísimo Out of Nowhere.
¿Habrán cientos y cientos de formas distintas de describir a un autor tan controvertido y diferente como Julio Cortázar, para que éstas dos se parezcan misteriosamente tanto? Podríamos deleitarnos jugando al juego de las siete diferencias, pero lo cierto es que, salvo algunas frases sintetizadas, separación o unión de frases, y algunas elipsis, mientras sea cierto que “Crónicas Perdidas” se publicó años después, Echenique parece más un editor que un escritor, teniendo en cuenta que, al fin y al cabo, un escritor debe ser inventor, creador, innovador y todas esas labores que el peruano parece o quiere haber olvidado.
Los textos completos, aquí.


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