Autores, Cuentos, Literatura juvenil, relatos

Horacio Quiroga, el cronista de la selva

Por Inma Manzanares, el 17 de Enero de 2008

Cuentos de la Selva Horacio QuirogaEl sofoco de la vegetación, la humedad del río, el canto de pájaros extraños que cantan junto a niños moribundos, el yacaré, la gran anaconda, bandadas de loros, cascarudos, tortugas gigantes, traviesos coatíes, hombres fuertes que se enfrentan con la selva, hombres que conviven con ella y hombres que se pierden en ella y un sin fin de otros seres y cosas son las que nos encontramos en los cuentos de Horacio Quiroga.

Viajar por ellos es entrar en un mundo diferente, en un mundo a medio camino entre la selva y el yermo, entre la civilización y lo salvaje, sin saber muy bien dónde empieza una y donde lo otro. Nadie puede quedar indiferente a estas historias, destinadas algunas a los niños, otras a los grandes, pero siempre llenas de vida y de un mensaje ecológico muy actual: la selva no necesita del hombre para sobrevivir, el hombre debe adaptarse a ella y no ella al hombre, el que no sea capaz de verlo así, no merece conocerla.

Pero no nos equivoquemos, no es una visión ideal la que ofrece Quiroga, no es la selva romántica ni idealizada: hay todo tipo de animales: pacíficos, salvajes; los animales viven y matan por sobrevivir, a veces por venganza, casi nunca por placer; los hombres también viven y también matan por sobrevivir, a veces también por venganza, y muchas veces por placer. Para sobrevivir en la selva de Quiroga se ha de fuerte y astuto y/o sabio. Quienes lo consiguen, conviven, en ocasiones se ayudan, en ocasiones se rehuyen.

Y Quiroga sabe de sobrevivir en el límite, porque él vivió así.

horacio-quiroga.jpgNacido en la localidad de Salto, Uruguay, en 1879, descendiente del Tigre de los Llanos, el caudillo Facundo Quiroga, sus primeros años estuvieron marcados por la muerte: su padre, sus hermanas, su padrastro. Más tarde, también vio morir a su primera esposa, el suicidio de una de sus hijas, sufrió el abandono de su segunda esposa, una adolescente, treinta años menor que él, que lo dejó sólo en mitad de la selva. Todos estos infortunios lo ayudaron a ver en la muerte y en la separación algo doloroso pero inevitable, y así lo deja reflejado con bastante frecuencia en sus cuentos.

Quizás, esta también fue la causa que no quisiera ver su propia muerte, rodeado de dolor y ante lo noticia de que tenía cáncer de estómago, prefirió el suicidio. Esto fue en Buenos Aires, en 1937.

Quiroga había llegado a Misiones en 1903, como fotógrafo, para entonces ya había publicado un libro de poemas (Arrecifes de Coral). La exuberancia de la selva misionera lo atrapa y ya nunca más va a poder vivir sin ella. Se instala en San Ignacio, en una mezcla de casa y de choza de madera junto al río Paraná que él mismo construye y se deja hipnotizar por los olores y por la vida de la selva. En Buenos Aires se ahoga, le falta el ‘olor a azahar y el de melón silvestre de Misiones’.

Y aunque escribió un par de novelas, será el cuento al que preste su máxima atención, escribiendo unos 190, de ellos, ciento ocho aparecen publicados y repartidos en ocho libros, los demás en diferentes publicaciones periódicas, algunos de ellos de forma póstuma.

Curiosamente, la mayoría de los vecinos de San Ignacio no lo vieron nunca como uno de los principales escritores del siglo XX, muchos de ellos ni siquiera llegaron a saber que era uruguayo hasta que no vieron la noticia de su muerte en prensa. Para ellos Horacio era una especie de loco, bohemio, que los incordiaba con un auto Ford o una motocicleta Harley Davidson, que andaba en bermudas por todas partes y que lo mismo se dedicaba a limpiar panales, que a cosechar hierba mate, a fabricar dulce de maíz o a inventar un aparato mata hormigas o a extraer resina de incienso, que tenía problemas con el pago de impuestos y que había sido abandonado por la familia.

Y, en realidad, ambos Quiroga, el vecino lunático de San Ignacio y el magistral cuentista eran la misma persona, porque Quiroga vivía como escribía y sus cuentos son reflejo de ese mundo que él creó, en el límite entre la realidad y la fantasía, entre la selva y el yermo, entre la civilización y lo animal.

Sus libros de cuentos son: El crimen del otro, en 1904; Los Perseguidos (1908), a mitad de camino entre el cuento largo y la novela corta, lo que se denomina una nouvelle; Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte, en 1917, quizás uno de sus libros más conocidos; Cuentos de la Selva para Niños, en 1918, volumen infaltable en cualquier biblioteca infantil; El salvaje, en 1920; Anaconda, en 1921, otra de sus colecciones más populares, con algunos cuentos sobrecogedores; El desierto, en 1924; Los Desterrados, en 1926, que incluye el cuento El regreso de Anaconda, y que refleja su estado de ánimo mientras residía en su finca de Vicente López; y, Más Allá, en 1935. No escribe más a partir de 1935, dice: “Tengo mi derecho a resistirme a escribir más. Si en dicha cantidad de páginas no dije lo que quería no es tiempo ya de decirlo.”

Lo han acusado de no respetar, en ocasiones, la gramática; sin embargo, para él lo importante no era respetar las normas lingüísticas, lo importante era la historia y las palabras empleadas, que deben ser acordes con lo contado: “Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.”

Quiroga nos deja una especie de Diez Mandamientos para el ‘perfecto cuentista’:

I : Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo.

II : Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III : Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

IV : Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V : No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI : Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba el viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII : No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII : Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX : No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

X : No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

Sitios interesantes para profundizar en el conocimiento de este autor, entre otros:

http://letras-uruguay.espaciolatino.com/quiroga/vida_atormentada.htm, un artículo bastante bueno, casi novelado, de M. Ferdinand Pontac.
http://es.wikipedia.org/wiki/Horacio_Quiroga, información muy completa sobre la vida y la obra del uruguayo.

Algunos de sus cuentos:

http://es.wikisource.org/wiki/Horacio_Quiroga

http://ar.geocities.com/stultifera/qui.html,

http://www.analitica.com/bitblioteca/hquiroga/default.asp

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